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El juego Kantiko® nace en el relato fantástico del
Maestro Alboroto :

un arqueólogo apasionado que cuenta, en su intimidad, el hallazgo más importante de su carrera y quizás uno de los ¡más importantes de la historia de la humanidad!

​

Entra en el universo de Kantiko® y explora el rastro de una civilización sonora que poseía una tecnología vibratoria poderosa y extraña 

BITÁCORA DEL
MAESTRO ALBOROTO 

1er episodio : el hallazgo de una gran civilización 

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Aún me tiemblan las manos escribiendo estas líneas.​​

A veces se siente que la vida está tomando un giro definitivo e inesperado. Hoy fue exactamente lo que sucedió.
 

Estábamos de expedición con mi equipo. Llegando a la cima de una pequeña colina bajamos a su cráter para atravesarla. A medida que nos acercábamos del centro de la cuenca, la línea de horizonte se hacía más continua y uniforme hasta volverse perfectamente idéntica en todas las direcciones. De repente el cielo se cubrió de nubes y los GPS y las brújulas dejaron de funcionar. Cada cual apoyaba en los botones de su aparato, moviéndose con los brazos y la cabeza tendidos al cielo buscando alguna conexión. Yo que siempre me fío más a lo mecánico, también sacudí mi brújula frenéticamente sin entender lo que estaba sucediendo. Y así se me cayó y tuve que buscarla en el prado alto y abundante.​ 

Pero lo que encontré no fue la brújula sino un hueco bastante grande, tanto que me pude meter. ​Rápidamente entendí, por la oscuridad, el frío y el eco de mis movimientos, que se trataba de una cueva cuyo tamaño era inestimable. Olvidando mi brújula, me devolví entusiasmado y llamé a los demás para que me acompañen.

 

Ni siquiera las linternas querían alumbrar pero ese detalle no nos iba a frenar. Recuerdo el olor de la tierra, el silencio denso, la sensación íntima de entrar en un sitio sagrado. Avanzábamos agarrados de manos, lentos y prudentes, con curiosidad palpitante, con miedo en las entrañas, y con esa ambición intensa que vibra en el alma de aquellos que buscan grandes hallazgos…

... ¡ De repente, la luz !

 

​Era increíble : un símbolo apareció, como un holograma del tamaño de una carta de naipe, justo ahí, delante mío a la altura de mi boca. Cada cuál con el suyo, los símbolos luminosos brillaban al ritmo de las voces y de las respiraciones inestables. Sentí una onda, como un llamado surgiendo de la tierra, como si la mismísima cueva nos hablara. Nos miramos con ojos de niños, atónitos y astutos. Entonces las voces se pusieron a jugar con los símbolos y las mentes a querer entenderlos.

 

Pero cuando la fascinación y la diversión rozaban la euforia, en un instante, todo vaciló : la tierra se puso a temblar y un derrumbe ensordecedor se oyó por detrás. Hubo pánico pero duró poco. Rápidamente volvió el silencio, y una vez más, la oscuridad nos devoró. Pero esta vez, regresar era imposible : ¡Estábamos atrapados!

 

Me sentí diminuto, vulnerable, aterrorizado y al mismo tiempo,  de alguna manera, sorprendentemente vivo.

 

Apenas salió un sonido de una boca que un holograma volvió a aparecer. De una sola chispa, todos recibimos la epifanía de nuestra única esperanza : activar los símbolos con las voces y tal vez así, encontrar una salida. Nada más. Y así fue que, en un abrir y cerrar de ojos, un equipo experimentado de arqueólogos exploradores se convirtió en un coro torpe y cacofónico.

 

A veces un símbolo mucho más grande se vislumbraba a lo lejos y avanzábamos juntos hacia él, dubitativos, con la sensación extraña que el símbolo nos guiaba, como si tuviese voluntad propia.

​Avanzábamos así cuando nos dimos cuenta que Philip había desaparecido sin dejar rastro. Un miedo terrible nos invadió : gritos, pánico, llantos y angustia llenaron la cueva. ¿Se lo habría tragado una bestia silenciosa? ¿Se habría caído en un abismo? Lo llamamos por doquier pero apenas nos callábamos esperando una respuesta, la luz que nos guiada se desvanecía y la tierra reanudaba su baile salvaje. No teníamos ni opción ni tregua, solo podíamos seguir unidos y sin poder parar de hacer ruido.

 

​A mí también me pasó. Seguí unos símbolos que aparecían muy rápido uno tras otro, demasiado rápido. Los seguí como pude, corriendo y llamando a gritos a los demás para que me siguieran, con la certera esperanza de haber encontrado un camino de salida. En esa gran bulla, nadie respondía a mis llamados entonces seguí corriendo con toda mi fuerza, ya que no podía perder lo que consideraba ser nuestro hilo de Ariana. Ya afuera, volvería para buscarlos. Corrí y corrí no sé cuánto tiempo, hasta que la fuerza me abandonó. Agotado e incapaz de seguir la cadencia de los símbolos que se me escapaban, en el sonido de mi respiración agitada percibí a lo lejos el sonido de voce humanas. Esperanzado corrí otro poco, pero me encontré detrás de mi propio grupo, teniendo que alcanzarlos…!? ¿Pero cómo es posible, si me fui delante? Yo estaba sudando pero nadie había corrido ni escuchado mis llamados. Sencillamente desapareci y volví a aparecer por detrás, igual que Philipp y otros antes de mí.

 

De nuevo sentí esa corazonada, esta vez asfixiante, de la voluntad propia de esos símbolos que ahora se burlaban de nosotros disponiendo de nuestras vidas a su antojo. Sudor y lágrimas se mezclaban en una agua salada y fría que nos mojaba los rostros.

 

Ya no teníamos ni una gota de agua, ni fuerzas, ni esperanza, pero si esa obligación absurda y horrorosa de no parar de hacer ruido. Exhaustos paramos un momento y nos sentamos, por suerte, al lado de un pequeño charco de agua. Bebimos directamente en el suelo desaforados como animales del desierto. Y al levantar la cabeza, percibimos a lo lejos, por fin ¡la luz al final del túnel!  No era la luz tenue y amenazante de los símbolos. No. Era la luz de afuera, tibia y acogedora !la luz que vibra con la esperanza de sobrevivir!​

 

El entusiasmo nos reanimó el semblante sin embargo el último tramo fue aún más extraño. Las piernas enclenques a duras penas sostenían los cuerpos fofos.  Yo tambaleaba a cada paso en busca de un equilibrio relativo mientras que veía como los otros se caían y se levantaban, arrastrándose como gusanos, moviendo brazos, torsos y cabezas como invertebrados. Como si caminásemos en un colchón gigante a medida que la luz de afuera se hacía enceguecedora.​

 

No sé en qué momento me desmayé. Solo sé que al despertar estaba solo.​

 

Solamente aquí y ahora en mi cálido hogar, recordando los símbolos -esa magia o extraña tecnología, recordando nuestra intuición, nuestro instinto -esa capacidad animal y gregaria con la que sobrevivimos, solo aquí y ahora entiendo la importancia de nuestro hallazgo :​

 

​¡ HEMOS ENCONTRADO EL RASTRO DE UNA CIVILIZACIÓN DESAPARECIDA !

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​

... continuará..

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